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Natàlia Sanahuges

Mi familia siempre se ha dedicado a la venta de vino y yo he crecido jugando entre las botas viejas que  había en los bajos de mi casa, donde mucha gente del pueblo venía a llenar su botella o su garrafa de nuestro vino.

Casi siempre  había mujeres, a ambos lados de la mesa. Mi madre o mi abuela, en un lado, y al otro mil y una caras femeninas: risueñas, resignadas, calladas, apresuradas, charlatanas, misteriosas…

Las recuerdo todas, casi, y cuando  pienso la imagen que tengo de cada una de ellas se me mezcla con el aroma del vino que compraban: el blanco afrutado, el tinto más joven, el viejo de la bota del rincón, el rancio más solemne, la mistela más olorosa… “Es tu magdalena de Proust”, me dijo hace poco un amigo. Y quizás sí.

En lo que no dudo siquiera es que pinto mujeres y vinos –y siempre vuelvo a pintarlas aunque siga por otros caminos artísticos- es por aquella niñez mía en la tienda de los bajos de casa, en la plaza del pueblo, donde mi madre me daba pan, vino y azúcar mientras la señora Carme, Consuelo o la Pepita de la Engràcia hacían aspavientos al ver como me iba haciendo grande (demasiado rápido, en su opinión).

Hace muchos años que pinto ‘Las mujeres del vino’. Me salen todas muy gordas, por norma general, e incluso en esto supongo que tiene algo que ver la mirada de la niña de la bodega de antes; porque puestos a decir la verdad, cuando yo era una cría, a mí todas aquellas clientas fieles me parecían mujeronas descomunales, gigantescas, con unos pechos inabarcables.

A pesar de que no me puedo parar, de pintar mujeres, también he pintado otras muchas cosas, afortunadamente, y siempre lo he hecho desde la sencillez de las líneas, las manchas y los colores más básicos, sin grandes complicaciones, como soy yo o como me gustaría que me vieran: como aquella niña que sigue jugando a su aire, en el tierra de la tienda familiar, mientras la vida gira a su alrededor.

A veces pienso que quizás, en la vida, no he hecho nada más que pintar como si fuera un juego, sin aspirar a mucha cosa más. Y quizás también sea por eso que me hace tan feliz haber ganado algunos premios, haber expuesto en diferentes países o que mi obra haya viajado a los Estados Unidos, Suiza, Francia o Inglaterra y que lo haya hecho surgiendo de un universo muy pequeño que todavía huele a vino viejo. A vino bueno.

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